Mitos y realidades en la Fotografía-II

Aun se cree que la fotografía en blanco y negro es superior a la fotografía a color. Falso. Demás está decir que la fotografía nace en blanco y negro y décadas después comienza a hacer su aparición la fotografía a color. La batalla del color contra el b/n por la igualdad no fue nada fácil, comenzando su fin en la década de los 60 del siglo pasado. Joel Meyerowitz (1938- ), uno de los grandes maestros del color y que su icónico libro “Cape Cod” inmortaliza esa región con imágenes de tonos sublimes, tenues, líricos y casi celestiales, recién viene de publicar un libro antológico (Taking my time, Phaidon Press, Nueva York, 2012) en el cual refiere esta lucha del color versus el b/n.

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En Francia, Guy Bourdin (1928-1991) elaboró con gran maestría imágenes que paralizan la respiración, demostrando una extraordinaria sencillez en la composición, empleando colores fuertemente contrastantes, amén de utilizar escenarios sin mayor coste como piscinas vacías o calles públicas

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. Y no es hasta el año de 1976 cuando la fotografía a color entra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York con el ya clásico y muy particular William Eggleston (1939- ), gracias a los buenos oficios de John Szarkoswky (1925-2007). Color o b/n, ambas opciones son igualmente válidas. Pero desde hace ya tiempo que la utilización del color supera con creces al b/n. Tal vez la principal razón sea que la imagen a color, en términos generales, tiene mayor capacidad de representación. Una imagen cuya belleza reside en su extraordinaria sencillez y donde el color lo vale todo (incipientes colores primarios desparramados en sencilla y varia geometría que se desvanecen sigilosamente en el reflejo del agua) es la fotografía de Edward Weston (1866-1958) titulada “Waterfront” (1946). El b/n no desaparecerá. Siempre será una opción fotográfica.

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Aun se cree que la fotografía tomada con película es superior a la fotografía digital. Falso. En sus inicios la fotografía digital tuvo sus tropiezos, especialmente a nivel del sensor (el sustituto de la película), a nivel de velocidad de grabación de la imagen en la tarjeta de memoria y en la calidad de la impresión. Todos esos tropiezos fueron rápidamente superados, y hoy en día resulta fácil obtener extraordinaria calidad a bajo costo. El desplazamiento de la película por el digital se debe a no pocos motivos, entre ellos: el rollo de película no pasa en condiciones normales de 36 exposiciones, en una tarjeta actual de memoria media es posible almacenar 500 fotografías a altísima resolución; el costo de la película y del revelado (que poco no es) se sustituye por la tarjeta; y, no menos importante, el proceso de edición de la fotografía ya no se hace en un cuarto oscuro sino en la computadora, a velocidad pasmosa, de manera mucho más económica y prácticamente sin límites. Todavía encontramos extraordinarios fotógrafos que trabajan con película convencional, e incluso sus imágenes se venden a elevadísimos precios. Tal vez el quid de la cuestión se deba a que el digital sea una alternativa a la película, y no realmente un sustituto. Lo más seguro es que ambas perduren en el tiempo como dos técnicas distintas.

Aun se cree que a mejor cámara fotográfica mejor imagen fotográfica. Falso. Muchos piensan que se necesita un equipo costoso para hacer buena fotografía. Al punto que cuando observan una fotografía que consideran buena preguntan por la cámara con la cual fue tomada. Para quienes así piensan el mérito es de la cámara y no del fotógrafo. Obviamente que a mejor equipo normalmente mayor posibilidades tiene el operador. Pero no hace falta en absoluto una cámara costosa para obtener imágenes extraordinarias. Desde sus inicios, infinidad de inigualables fotografías provienen de equipos rudimentarios. Es más, conviene iniciarse en la fotografía con una cámara modesta y explotar los límites de ésta al máximo, para luego pasar a una más avanzada. La buena fotografía está en el ojo del fotógrafo; no está en la cámara. Cuando no se obtienen buenos resultados, y para decirlo un tanto coloquialmente, ¡casi siempre el problema está en el indio y no en la flecha! ¿De dónde salen estos dogmas o límites? ¿Quién no los impone? ¿Por qué los tenemos? Desde pequeños se nos imponen normas de todo tipo: religiosas, morales, sociales, jurídicas. Igualmente se nos imponen normas o cánones estéticos. Comenzamos con los cánones estéticos del hogar que nos imponen nuestros padres, los cánones de la escuela, los cánones de nuestros familiares y amigos, los cánones de la ciudad, de la televisión, de los medios. En el caso de aquellos que acuden a escuelas de arte, incluso universitarias, pueden resultar afectados negativamente por esas mismas escuelas. ¿Por qué tiene que haber límites en el arte? Los límites del arte, en el fondo, los impone el estado (llámese monarquía, socialismo o democracia), los impone quién financia, la religión, la moral, la educación, etc. Si retrocedemos doscientos años atrás los artistas tenían muchos más límites que el artista de hoy. El arte no debería tener límites, salvo el principio universal de no causar daños a los demás. Afortunadamente, a principios del siglo pasado comienzan a derrumbarse un montón de barreras y, aunque no hemos llegado a ese estado ideal del arte sin límites, es mucho lo recorrido. También influye el país. Por ejemplo, un estado que condena a muerte a una persona por el sólo hecho de ser homosexual no puede considerarse artísticamente libre. Está en cada uno de nosotros desmontar nuestras propias barreras para ir un poco más allá. Fue lo que hizo Cézanne en materia de pintura al igual que Joyce en materia de literatura.

 

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Ambos se deslastraron de las barreras y fueron un poquito más allá, para influenciar y darle más libertad a todos los que vendrían después. O Beethoven, quien introduce un poema en una sinfonía y crea su inigualable Coral. En nuestro país, en pintura, el magistral pero poco conocido Juan Vicente Fabbiani (alumno de Marcos Castillo y maestro de Jesús Soto) representa un momento muy especial entre lo tradicional y lo moderno, pero su fama parece desvanecerse y su obra parece como ocultarse por razones que cuesta entender. Y la pregunta nos queda: ¿Por qué limitarnos en materia de arte cuando tenemos la posibilidad de ser libres? El arte no debe tener límites. Y llegamos a la pregunta de oro: ¿Qué es lo que hace que un artista pueda transmitir lo que todos tenemos: sentimientos y emociones? ¿Por qué si todos podemos operar una cámara fotográfica, no todos podemos lograr que una fotografía funcione? La respuesta será siempre la misma, ayer, hoy y mañana: No se puede explicar. Podemos sin duda afirmar que es el talento, que es el “ojo fotográfico”. Pero el talento es inexplicable e intransmisible. Tampoco se puede enseñar, ni inyectar. Esa inexplicable cosa que es el talento (ojo fotográfico) se tiene o no se tiene, y teniéndosele lo más que se puede hacer es darle algo así como una empujadita, mostrarle las barreras, enseñarle las técnicas. Volvemos a la pregunta, ¿qué es lo que hace que sean excepcionales una melodía, una pintura o una escultura? No es la técnica, es el talento. El dominio de la técnica es necesario y fundamental para todo artista. Pero la técnica por sí sola, por extraordinaria que sea, no hace que una obra sea sobresaliente. ¿Y el talento? Es lo que hace atractiva la obra, lo que le da valor. Solo que el concepto de talento es indefinible, escurridizo, inatrapable, secreto e imposible de delimitar.

 

Mauricio Rodríguez


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